Quien tiene hoy una palmera en Mallorca tiene una pena. El culpable
de esa desazón, que en sólo siete años ha obligado a talar 5.627
ejemplares en toda la isla, sólo tiene de resultón el nombre: el picudo
rojo (
Rhynchophorus ferrugineus). Una plaga devastadora que no
tiene depredador conocido (no hay pájaro que lo quiera) detectada por
primera vez en Mallorca en 2006 en el municipio de Campos, y que desde
entonces
ha avanzado de forma implacable, arrasando cuantos ejemplares toca con su pico afilado.

Un escarabajo de la familia de los coleópteros, originario de Asia
tropical, que puede alcanzar en edad adulta los cuatro centímetros de
longitud y que una vez arranca el vuelo puede desplazarse a una
distancia de hasta cinco kilómetros para
depositar sus larvas en la primera palmera que se le ponga a tiro.
Aunque, en un principio, su pista preferente de aterrizaje era la
palmera canaria, ahora sus gustos se extienden al resto de las especies,
en las que puede dejar hasta 185 huevos. Una vez que nace el gusano,
convierte la copa y el tierno florero del ejemplar en un laberinto de
galerías, secando unas palmas que acabarán rendidas sobre un tronco
seco. Todo en cuestión de semanas, el tiempo que tarda en hacerse un
aguerrido y anaranjado escarabajo y continuar un ciclo que en Mallorca
tiene en jaque a los 52 municipios de la isla, incluidos los pueblos de la protegida Serra de Tramuntana, Patrimonio de la Humanidad.
Un impacto del 'boom' urbanístico
Su entrada en España, como sucede con otros males que asolan este país, vino asociado al
boom de la construcción en el área Mediterránea a caballo entre los dos milenios:
nuevas urbanizaciones levantadas por vía de urgencia engalanadas con palmeras ya infestadas procedentes de Egipto.
De Almuñécar, donde se detectó por primera vez, pasó a Alicante,
Valencia y ahí, hasta el palmeral patrimonial de Elche, Andalucía,
Murcia, etcétera.
Desde la organización ecologista WWF-España, Laura Moreno lamenta que
por esas ganas de dinero rápido «se saltaron muchos procedimientos de
control y aunque ya se sabía cómo venían esas palmeras
no se tuvo en cuenta el daño que podían ocasionar».
La observación periódica de los ejemplares es crucial para su detección y la pista clave que delata su acción es simple:
si las palmas de más arriba de la corona no son las más largas, es que el picudo ya está allí. A partir de ahí, toca ponerse en combate antes de que sea demasiado tarde.
Desde el Govern balear, que ahora se ha puesto a trabajar a
contrarreloj, la recomendación es clara: se han de realizar dos
tratamientos fitosanitarios preventivos a todas las palmacias de la zona
de vigilancia intensiva (hasta un kilómetro del foco) y a las del área
de protección susceptibles de estar afectadas por el insecto. Pero
aún no existe ningún tratamiento definitivo para combatirlo (hay pruebas con parásitos a nivel de laboratorio) y la base de todo está en la prevención.
La dejadez de la Administración
En Mallorca, como en el resto de España, la pasividad de la
Administración, contribuyó a la extensión de la plaga. Los alcaldes se
limitaron durante un lustro a ir recogiendo los cadáveres que el tiempo
le dejaba por el camino. En muchas ocasiones, como sucedió en el
municipio Pollença en el norte de la isla,
dejaban al aire libre los restos de las podas.
Una dejadez que puso en riesgo en el caso de Palma un valor
patrimonial, según un estudio municipal, de casi 50 millones de euros
para un total de 29.000 ejemplares.
A diferencia de otras plagas arbóreas, con el picudo no se puede
convivir, como bien comprobaron en la isla canaria de La Palma en la
década pasada, el único lugar donde lograron erradicarlo. «Una vez actúa
es como la gangrena,
la única fórmula que vale es cortar el ejemplar, incinerarlo o enterrarlo a 3 metros para que no salga»,
apunta Alejandro Asensi, coordinador del área de Infraestructuras del
Ayuntamiento de Palma de Mallorca que se desplazó a la isla canaria en
2011 para saber qué habían hecho allí. Desde ese año, no se reponen
palmeras en las calles y plazas de la capital balear.
Esta misma semana, en colaboración con la Universidad de las Islas
Baleares (UIB), el Govern ha puesto en marcha un proyecto piloto de
control aunque circunscrito a los municipios Alcúdia y Pollença. En esta
ocasión, la receta se basa en la captura de hembras de picudo rojo
mediante trampas que contienen una sustancia que atrae a los escarabajos adultos.
En total se han colocado 134 trampas. La inversión, de apenas 25.000
euros, pone en evidencia que barato era el remedio para tanto mal.
Vía: http://www.elmundo.es/ciencia/2013/12/03/529e37ce684341376e8b4575.html